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December 25, 2004

Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México

Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México - sala de espera del aeropuerto de esta ciudad, al tiempo que corren hacia las puertas cristalizadas de la llegada de los vuelos internacionales.

Metros adelante detienen su paso acelerado frente a dos hombres y tres niños enchamarrados y cargados de gruesas maletas, con quienes se funden en un fuerte abrazo que se prolonga por varios minutos. “¡Los hemos extrañado mucho!”, dicen los recién llegados. “!Nosotros también!”, responden los otros.

Son Pedro y Hortensia Zavala Galindo y sus hijos, residentes en San José, California, quienes vinieron a pasar la Navidad y el Año Nuevo con sus padres, abuelos, suegros, tíos, primos, sobrinos y demás miembros de una numerosa familia que aquí dejaron años atrás, cuando decidieron buscar una mejor vida en el vecino país.

“Me muero de ganas de los tamales tan buenos que tú haces. No pienso irme sin comer cuantos pueda”, advierte Pedro a su mamá, quien no frena su sonrisa al comprobar que la migración no ha cambiado el gusto de su hijo por su comida.

En el arribo de uno de los tantos vuelos procedentes de Estados Unidos, que en esta época se multiplican, en la atiborrada sala aeroportuaria el bullicio se define en masivos despliegues de bolsas y maletas, llamativos rótulos y ramos de flores, inquietos grupos de hombres y mujeres, efusivos abrazos y besos e, inclusive, desenfrenados llantos de alegría.

En este entorno de dicha colectiva, otra recién llegada de Seattle, Washington, Isaura Meza, adquiere una mueca de desgano al explicar a sus padres que Rodrigo, su marido, no pudo acompañarla porque “todavía la migra no le da los papeles (green card), y no tiene caso que se arriesgue porque la pasada pa’trás está muy dura”.

Se reanima la joven viajera cuando, de camino a la salida, su mamá le anticipa que el domingo próximo tiene planeado llevarla a la Basílica de Guadalupe, para pedir “a la Virgencita que interceda ante Dios para que pronto le den esos papeles”.

Entre tanto gentío feliz, Adrián y su esposa Maribel Hernández, provenientes de Los Angeles, descubren a un arropado bebé de apenas un año que él trae en sus brazos, para presumir a sus seres queridos que “es el primero de al menos tres que vamos a tener. Se llama como yo, Adriancito, y es igualito a mí. Mírenle los ojos y la boca”.

Las hermanas del presuntuoso papá le arrebatan al pequeño, lo miman una y otra vez, y se lo comen a besos. “¿Verdad que te vas a quedar con nosotras?”, preguntan al infante quien, sorprendido por tanto halago, explota en llanto ante la ruidosa muchedumbre.

Reiteración

Esta escena de amor fraternal se ha venido repitiendo a lo largo de los últimos días en las instalaciones del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, a donde miles capitalinos han acudido para dar la bienvenida a sus familiares que vienen de Estados Unidos.

Sin embargo este influjo es sólo una de las numerosas y nutridas oleadas de migrantes que en esta época del año se desplazan a sus ciudades, poblados y rancherías de origen, en una tendencia que se remonta al principio histórico de la migración.

Por tanto, no sorprende que las comunidades de mayor índice migratorio en estados como Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas, Oaxaca, Puebla y Guerrero, por mencionar algunas, se hallen de fiesta en los presentes días por la breve presencia de sus hijos ausentes.

La Navidad y el Año Nuevo son las fechas tradicionales que más atraen a los paisanos hacia su tierra natal, mientras que la Semana Santa ocupa el segundo lugar en ese orden de prioridades.

Las fiestas del santo patrono religioso o las ferias de la localidad también son fechas que impulsan a un gran número de connacionales hacía sus comunidades, tanto rurales como urbanas.

En las ciudades la presencia de los migrantes es apenas percibida puesto que, en medio de una densa población, su actividad se concentra mayormente en la permanencia con su familia y la visita a sitios de interés público, sean estos centros culturales o de diversión.

Sin embargo en poblados y rancherías la misma es muy visible debido a que se traduce en concurridas fiestas que, en lo individual o colectivo, se organizan para el jolgorio popular. De esta manera, en la última etapa de diciembre se multiplican las bodas, bautizos, bailes y rodeos, entre otros tantos costosos eventos festivos.

En resumen, la visita temporal de los paisanos no sólo tiene como propósito compensar el largo tiempo que pasan sin su familia, sino simultáneamente confirmar su identidad con los valores culturales y tradiciones sociales con los que nacieron y crecieron.

De manera paralela a este valioso apego sociocultural, y en un hecho con frecuencia no tomado en cuenta en el debate sobre el tema, los migrantes dan en esta temporada un fuerte impulso al desarrollo económico local con sus múltiples y variadas actividades en sus respectivas regiones.

Ahorre December 25, 2004 02:14 PM | Hotel Reservations Hoteles | Mexico Travel

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